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Prehistoria en la Península Ibérica

Prehistoria en la Península Ibérica

Prehistoria en la Península Ibérica

En el estudio de la Prehistoria y en este caso la de la Península Ibérica, existe un problema fundamental que dificulta su investigación: la cronología exacta. Sobre todo las fechas relativas a sus primeros habitantes, la procedencia de los mismos y su enlace étnico con los distintos tipos prehistóricos y su localización.

La Historia de Iberia propiamente dicha, comienza con la llegada de los pueblos colonizadores (fenicios, griegos, cartagineses y, posteriormente, romanos). Estaban culturalmente más adelantados que los habitantes peninsulares nativos e impusieron sobre ellos su economía, sus costumbres y sus tradiciones. Sin embargo, los testimonios que nos han dejado no han podido ser interpretados de manera satisfactoria, por lo que su historia resulta parcial.

Contenido

Los condicionantes geográficos

A la hora de estudiar la Historia de España, es preciso tener en cuenta algunas de las características orográficas y climáticas que han influido en el desarrollo histórico español.

El carácter peninsular explica una historia condicionada por el mar, del que han llegado grandes influencias e intercambios culturales. Por otro lado, el aislamiento respecto al Norte de Europa causado por la frontera natural de los Pirineos, en ocasiones ha contribuido a originar una relativa separación entre la evolución en la Península Ibérica y la del resto de Europa. Además, su situación geográfica ha constituido el eslabón que une Europa y el Norte de África, formando un nexo de interconexión entre los factores histórico-culturales procedentes de los continentes africano y europeo. Otro condicionante es la doble influencia atlántica y mediterránea, que en distintas ocasiones hizo partícipe a la Península en los fenómenos hegemónicos procedentes del este y del oeste.

En cuanto a la geografía interior, estuvo determinada por un relieve complejo y un clima muy variable. La acción de los ríos, más caudalosos que en la actualidad, produjo la creación de terrazas fluviales que propiciarían la habitabilidad del hombre. Además, se ha demostrado que existió una actividad volcánica manifiesta, especialmente en dos zonas: en la actual provincia de Ciudad Real y en la de Gerona (La Garrotxa), en las cuales todavía quedan restos.

Reconstrucción de un mamut

En lo que a clima se refiere, debió de cambiar al tiempo que se desarrollaban alternativamente los cuatro periodos glaciales y los tres interglaciares. Aunque las glaciaciones fueron diferentes entre sí, en general podría decirse que en la Meseta tendría un clima más extremo y lluvioso que ahora, comparable al existente en la Polonia o la Rusia europea de nuestros días. La costa cantábrica era mucho más fría y húmeda, similar al actual norte de Escocia, y los pobladores de la zona andaluza gozarían de un clima algo más frío que el presente sur de Francia. En los periodos interglaciares, este último sería el clima de la costa cantábrica, al tanto que en Andalucía sería muy soleada y la zona levantina padecería un clima subdesértico.

Si además tenemos en cuenta que la mayor actividad de los habitantes de Iberia consistía en la caza, cabe mencionar los cambios en la fauna ibérica en relación con los cambios climatológicos. En los periodos glaciales los animales característicos fueron el mamut, el rinoceronte lanudo y el reno, especies procedentes del centro y norte de Europa y que buscaban la relativa calidez de la península y cobijarse del frío. Durante los periodos interglaciares, el elefante meridional, el elefante antiguo y el rinoceronte de Merk fueron los animales más abundantes. También existían otros animales que se mantuvieron indiferentemente de los cambios climáticos como: osos, lobos, caballos, bisontes, jabalíes, perros, ciervos y cabras.

Todos estos fenómenos han generado una variedad cultural, formas de vida y mentalidades que explican la diferenciación permanente de los distintos rincones del territorio.

Primeros antepasados

Excavación del yacimiento de la Gran Dolina de Atapuerca. El nivel TD-10, que se observa donde se encuentra el mayor grupo de excavadores, aparecieron herramientas del Paleolítico Medio. En el nivel inferior, situado debajo de los andamios, es TD-6, donde se han encontrado herramientas del Paleolítico Inferior.

La hominización es el proceso evolutivo de la especie humana. Desde que Darwin publicó El origen de las especies en 1859, se han formulado diversas hipótesis, aunque hoy se sabe que la evolución no ha seguido un desarrollo lineal, sino que hubo variaciones continentales. La historia de la presencia humana en la Península Ibérica se remonta a unos 800.000 años, tras el descubrimiento de uno de los primeros antepasados de los seres humanos en el yacimiento de la Gran Dolina en Atapuerca (Burgos) y al que se le ha bautizado como Homo antecessor. Además de en Atapuerca, se han encontrado restos en Cúllar (Granada), en la provincia de Jaén y en la zona del río Manzanares en Madrid

Mucho más reciente es la presencia del hombre de Neanderthal. Sus primeros restos, encontrados en Gibraltar, han sido datados en unos 60.000 años atrás. Hace 40.000 años aparecen los primeros restos en la península del Homo sapiens.

El Paleolítico

El Paleolítico se divide en tres etapas:

  • Paleolítico Inferior, del 1.500.000 al 100.000 a. C.
  • Paleolítico Medio, del 100.000 al 35.000 a. C.
  • Paleolítico Superior, del 35.000 al 10.000 a. C.

Paleolítico Inferior

Cráneo nº5 de la Sima de los Huesos, hasta ahora el cráneo pre-neandertal más completo hallado en el mundo. Antigüedad: unos 300.000 años.

Hasta hace poco, los arqueólogos databan la aparición del hombre en Europa en torno a los 500.000 y 600.000 años. Pensaban que se agrupaba en pequeñas hordas de cazadores pertenecientes a una variedad del Homo erectus. Los restos del Paleolítico Inferior en la Península Ibérica eran muy escasos, aunque se habían encontrado piedras talladas de unos 500.000 años de antigüedad. Sin embargo, los últimos descubrimientos realizados en la Sierra de Atapuerca, cercana a Burgos, han cambiado totalmente los esquemas establecidos. En el año 1994, en una prospección en la sima llamada Gran Dolina, aparecieron los restos de uno de los homínidos más antiguos hallados en Europa, cuya datación se sitúa en torno a los 780.000 años.

Los componentes del equipo de investigación de Atapuerca, una vez analizadas las características de los restos encontrados, llegaron a la conclusión de que era una especie de homínido distinta a la del Homo erectus, más avanzada y con una capacidad craneal cercana a los 1.000 centímetros cúbicos. Gracias a ellos han propuesto una nueva hipótesis de la evolución de la especie. Los pobladores de Atapuerca corresponderían al denominado Homo antecessor, un eslabón intermedio entre el Homo erectus y las dos especies que, a partir del Pleistoceno Medio, se expandieron por Asia y Europa, el Homo neandertalensis y el Homo sapiens.

La cultura de estos homínidos del Paleolítico Inferior sería la característica de los cazadores-depredadores, agrupados en pequeñas hordas, sin hábitat permanente, que acampaban en lugares al aire libre en zonas cercanas a los ríos. Se han hallado en toda la Península hachas bifaces correspondientes a esta cultura, junto a restos de huesos de mamíferos de gran tamaño. Los expertos creen que probablemente aprovechaban los grandes animales muertos o bien los cazaban en grupo, mediante acoso. Algunas evidencias en los huesos hallados en Atapuerca, demuestran incluso que pudieron haber practicado el canibalismo.

Paleolítico Medio

Esta etapa, también llamada Musteriense, está asociada en toda Europa al Homo neanderthalensis o simplemente neandertal. Son homínidos que desarrollan su cultura desde hace 100.000 años hasta aproximadamente 35.000, coincidiendo en gran parte con la glaciación de Würn. Sin embargo no existe un límite concreto entre el Paleolítico Inferior y el Paleolítico Medio ya que la especie neandertal aparece en Europa por evolución autóctona. De hecho, se han localizado en España diversos yacimientos con una cultura Musteriense plenamente desarrollada ya en la glaciación de Riss, esto es, hace unos 200.000 años (por ejemplo, la Cueva de Las Grajas, en Archidona, Málaga).

Raedera, utilizada para curtir pieles

Aunque hasta hace poco se ha considerado esta especie como una evolución del Homo erectus, según la hipótesis que plantea el equipo de Atapuerca podrían constituir una evolución directa del Homo heidelbergensis. De esta manera parecen mostrarlo los restos de treinta y dos individuos encontrados en la Sima de los Huesos, de la Sierra de Atapuerca (datados aproximadamente en 300.000 años), que presentan algunos rasgos semejantes a los de los neandertales.

Está demostrada la presencia del Homo neanderthal en la Península Ibérica. Se han encontrado dos cráneos completos en la zona de Gibraltar, numerosos restos óseos e incluso algún diente en yacimientos situados en toda la Península.

Los neanderthales eran cazadores y recolectores. Tenían una gran fuerza física y una capacidad craneal similar a la del hombre actual. Se caracterizaron por desarrollar una mayor variedad cultural que sus antecesores, condicionada además por un clima más variable cuyas oscilaciones térmicas les hicieron buscar refugio en cuevas. Perfeccionaron algunas técnicas, como la caza de animales mayores (caballos, renos, bisontes) y el aprovechamiento de las pieles. Los utensilios de la cultura Musteriense eran muy diversos y especializados. El interés por objetos pintorescos y la práctica de enterramientos (Cueva Morín) nos indica también la existencia de las primeras creencias a algún culto espiritual.

Paleolítico Superior

Esta última fase del Paleolítico se desarrolla paralelamente en toda Europa desde el 35.000 hasta el 8.000 a. C. Está asociada al Homo sapiens u hombre de Cromagnon, la especie homínida que sustituyó a los neanderthales, con los que compartiría un antepasado común. Su cultura era la más evolucionada: vivían al aire libre en cabañas o en cuevas, sobre todo en las zonas frías. Seguramente fueron grupos nómadas que ocupaban alternativamente zonas de caza. La gran abundancia de yacimientos indica, por otra parte, un aumento exponencial de la población, unido a una dieta más diversificada y nutritiva, que incluía la pesca, la recolección de frutos y marisqueo.

Réplica del techo de la sala de polícromos de la Cueva de Altamira en Cantabria.

La industria lítica, de refinamiento y diversidad de utensilios, se complementa con instrumentos de hueso, cuerno o marfil decorados y bastante sofisticados, como los propulsores o los arpones. También se percibe un importante avance en aspectos culturales (objetos artísticos, adornos, pinturas, etc.) y espirituales (enterramientos, ajuares funerarios, pequeñas esculturas, etc.).

Los restos del Paleolítico Superior se concentran en dos grandes zonas en la Península. En la zona de levante hay asentamientos que presentan unos rasgos muy diferentes a los de otras regiones europeas. Entre los objetos más originales encontrados están un tipo de puntas de flecha con aletas y un pedúnculo para insertarlas en los mangos, y unas extrañas placas pintadas.

En la zona de Cantabria se encuentran los yacimientos más antiguos (unos 35.000 años de antigüedad), aunque los restos más abundantes son los situados al final del periodo, con el importante arte rupestre de las grandes cuevas, paralelo al fenómeno francés. Entre este tipo de manifestaciones artísticas destacan las pinturas de las cuevas de El Castillo, Altamira y Tito Bustillo. Generalmente están situadas en lugares poco accesibles y presentan a animales en posiciones muy distintas, con mezcla de especies muy diversas (bisontes, ciervos y caballos mayoritariamente), a muchas veces superpuestas y con muestras de haber sido golpeadas. Todas estas pruebas nos conducen, como hipótesis más verosímil, a interpretarlas como pinturas mágicas, quizá de aspecto religioso y espiritual, propiciatorias de la caza. En muy pocas ocasiones se observan figuras humanas. Las diferencias entre las pinturas rupestres del norte y de levante vienen marcadas por la influencia climática y el régimen de vida de cada zona.

El Neolítico

Entre el 9.000 y el 6.000 a. C., entre el Paleolítico y el Neolítico, surge un periodo denominado Epipaleolítico, fase de transición cuyas características son el calentamiento climático, la diversificación económica (recolección de frutos, caza menor, pesca, marisqueo, etc.) y una industria lítica de pequeño tamaño (microlitos) adaptados a mangos de madera y hueso, que demuestran una mentalidad más práctica y una mayor especialización respecto sus antecesores. Las zonas de poblamiento coinciden con las del Magdaleniense: la zona cantábrica (cultura asturiense), la zona mediterránea y la zona costera portuguesa.

A partir del 6.000 a. C. comienza el Neolítico en la Península. Al igual que en el resto de Europa, es sobre todo un desarrollo procedente del exterior, principalmente de Oriente Próximo, que irá penetrando hacia el interior a través del mar Mediterráneo, entre el VI y IV milenios, fusionándose con los rasgos autóctonos de cada región.

Dolmen de Menga en Antequera.

Durante el Neolítico surge la agricultura y la ganadería, y con esta nueva economía la población comienza a establecerse permanentemente en un lugar, se sendentarizan. En la Península la ganadería fue la actividad predominante en la mayor parte de las zonas, dadas las propicias condiciones del terreno. Las diferentes tareas agrícolas y ganaderas provocaron una mayor especialización y la división del trabajo, y con ello las diferencias sociales. Se desarrollaron útiles agrícolas, como las azadas, hoces y molinos de mano, y adquirieron un gran desarrollo de los instrumentos de madera, asta y hueso, pero sobre todo se extendió la cerámica, que fue primordial para la conservación de los alimentos y su cocción.

En la primera fase del Neolítico, desde el VI milenio adC, se desarrolla en la península la cultura de la cerámica cardial, caracterizada por su decoración impresa mediante conchas de berberecho (cardium edule). Se han encontrado yacimientos en Cataluña, Levante y Andalucía. En ellos hay muestras de prácticas agrícolas, aunque todavía predominaba la economía ganadera.

A partir del 4000 a. C. comienza una segunda fase neolítica. Esta etapa fue la de la expansión por el resto de la Península, con asentamientos en las dos mesetas, en el valle del Ebro y el País Vasco. Se desarrolla la cultura de los sepulcros de fosa en Cataluña hasta el sur de Francia, y se caracteriza por las tumbas individuales con ajuar, cubiertas por enormes losas. También poseían una técnica cerámica muy avanzada. En esta cultura predominaba la agricultura, y los restos funerarios demuestran que se trataba de una sociedad dividida en grupos sociales, posiblemente a través del trabajo.

Más al sur, en torno al 3700 a. C. aparece la cultura megalítica, con presencia desde lo que sería hoy la zona de Almería, haciendo un semicírculo hasta el norte de España en el sentido de las agujas del reloj. Aparece la agricultura y se reduce la actividad errante de las tribus.

La pintura levantina es característica del Neolítico peninsular. Está localizada en abrigos rocosos de las sierras interiores, normalmente al descubierto, y que representa escenas de grupos, con mucho dinamismo y con figuras humanas estilizadas, reflejo de un mayor grado de esquematización y abstracción que la pintura cantábrica del Magdaleniense.

La Edad de los Metales

El Calcolítico

El empleo de los metales supone un gran avance en el marco cultural, en el ocaso de la época neolítica. La utilización del cobre da nombre a la primera fase de la llamada Edad de los Metales: el Calcolítico o la Edad del Cobre.

Al Calcolítico se asocian dos culturas en la Península. Entre los años 2.500 y el 1.800 a. C. surge en la zona murciana y almeriense la Cultura de los Millares, nombre del principal yacimiento. Pertenecía a una sociedad densamente poblada, con una agricultura de regadío más desarrollada. En el poblado se pueden observar inmensas murallas y otras obras de fortificación.

Vaso campaniforme procedente de Ciempozuelos. Se pueden hallar en sepulturas individuales, con ajuares funerarios que incluyen objetos de cobre. Corresponden a la fase más avanzada del Calcolítico.

Otra cultura dentro de la Edad del Cobre es la Cultura del vaso campaniforme, desarrollada entre el 2.200 y el 1.700 a. C., cuya principal característica es su distribución por toda Europa. Hay una gran presencia de cuencos y vasijas cerámicas con la forma de campana invertida y una serie de objetos de ajuar de cobre en tumbas que evidencian la existencia de élites sociales diferenciadas por su nivel de riquezas. Se han encontrado restos en la desembocadura del río Tajo, en Portugal, Cataluña, Madrid (Ciempozuelos) y el Guadalquivir.

En el centro peninsular hallamos también la cultura de Las Motillas, elevaciones defensivas situadas en el entorno del Guadiana.

Sin embargo, el fenómeno cultural de más importancia es el de los monumentos megalíticos. Son grandes enterramientos colectivos, también comunes en el resto de Europa y que aparecieron en la zona atlántica, relacionados con el desarrollo de las creencias religiosas. Los monumentos son muy diversos, desde el dolmen hasta las tumbas de corredor, construidas con enormes piedras y techadas posteriormente con una gran losa plana, aunque a veces preferían elementos más pequeños. Se encuentran por todo el territorio peninsular, pero los más significativos se sitúan en Andalucía oriental. Tienen su origen en el Neolítico, a comienzos del cuarto milenio y se prolonga hasta mediados del tercero, ya en la Edad del Bronce.

También comenzó el desarrollo de la cultura talayótica hacia el año 2.000 a. C. en las Islas Baleares. Su nombre deriva de las grandes torres defensivas, troncocónicas y construidas con enormes piedras en torno las cuales se establecían los poblados. Además, había otro tipo de monumentos llamados taulas, que al parecer eran altares de sacrificio situados al aire libre, de tres o cuatro metros de altura, de las que se conservan una treintena en Menorca. El tercer tipo de monumento caracterizado por su vastedad era la naveta, edificio rectangular terminado en ábside y construido con grandes bloques de piedra, que servía como lugar de enterramiento colectivo.

La Edad del Bronce

Tesoro de Villena, el mayor y más importante conjunto de ofebrería prehistórica de la Península.

Los intercambios en el mediterráneo aproximan los descubrimientos desde oriente a occidente y a la inversa. En Almería, Granada y Murcia se desarrolla la cultura de El Argar. La ciudades fortificadas son de planta rectangular, más grandes, y a su alrededor se desarrolla una importante agricultura y ganadería junto a la industria metalúrgica donde desempeñan un papel fundamental el cobre, la plata, el oro y las distintas aleaciones que dan lugar, por ejemplo, al estaño y al bronce. Aparece el poder político superior a los clanes y familias, y cambia de manera brusca la organización social. Aquí se fija la aparición de una vida urbana en un sentido más próximo a nuestros días. El control de las materias primas es elemento constitutivo de castas.

La Cultura del Argar tiene intensos contactos, hacia el Guadiana, con otras vecinas y coetáneas como la Cultura del Bronce Manchego, en Albacete y Ciudad Real. En un principio se creyó que no era más que una expresión diferente de la cultura argárica, resultante de su expansión hacia el interior; pero actualmente se tiende a caracterizarla como horizonte cultural diferenciado aunque con fuertes relaciones con el Argar y el Bronce Valenciano. Los asentamientos de esta cultura suelen ser numerosos y, aunque dispersos y extensivos dentro de un territorio, mantienen relaciones entre sí creando agrupaciones de asentamientos. Los caracterizados como morras (en Albacete) y motillas (en Ciudad Real), fortalezas circulares dispuestas en anillos concéntricos en torno a una gran torre central, constituyen lugares de habitación sin parangón en el resto de la Península. Son propios de esta cultura otros tipos de asentamientos como los castellones, los asentamientos en cuevas o los llamados de fondos de cabaña. Incluso existen algunos muy singulares, como el crannog (especie de palafito) de El Acequión, que sugieren una gran versatilidad de esta Cultura para adaptarse a las condiciones de habitabilidad más dispares desarrollando diferentes soluciones. Constituye uno de los substratos culturales indígenas sobre los que, posteriormente, se desarrolló la Cultura Ibera. La red de relaciones y comunicaciones, creada por estos pueblos entre sí, se va a mantener casi intacta hasta época romana.

Cuencos de Axtroki, de oro repujado Bronce Final hallados en Escoriaza (Guipúzcoa).

Los contactos de la cultura Argárica también se extienden hacia el Guadalquivir, dando lugar más tarde a Tartessos. Las penetraciones a través del Pirineo de otras culturas es constante y durará centenares de años. El impacto de estas migraciones es mayor en el interior y norte de la península que todavía no tiene el desarrollo de la zona meridional. Los nuevos pobladores son diestros en la explotación y fabricación de instrumentos de hierro. Las oleadas de inmigrantes se acercan por dos puntos: por las actuales Navarra y País Vasco por un lado, y por la zona oriental hasta Cataluña por otro. Traen mejores técnicas agrícolas y ocupan los espacios de la Meseta que son los que menos población tienen en esos momentos. Usaron los yacimientos de hierro del norte de España, y aplicaron la cultura cerealista y una ganadería extensiva. Siendo dominantes en el centro y parte noroccidental de España, lograron finalmente ser la clase dirigente en la zona de norte del Mediterráneo español, mientras que las culturas del sur y del sureste permanecieron más ajenas.

Hacia el final de este periodo (1200-1000 a. C.) se extienden desde el otro lado de los Pirineos los primeros asentamientos de la Cultura de los Campos de Urnas.

La Edad del Hierro

La Edad del Hierro transcurre desde el año 800 a. C. hasta aproximadamente el comienzo de la conquista romana de Hispania, en el 218 a. C. Esta es la última etapa prehistórica que, en el territorio peninsular, coincide con la colonización de los pueblos mediterráneos (fenicios, griegos y cartagineses) y de los pueblos del norte de Europa (los celtas).

En el transcurso de esta etapa, se mezclan los rasgos autóctonos de las culturas indígenas con la influencia cultural llegada del exterior. Generalmente, no existe una gran discontinuidad entre las culturas del Bronce y las del Hierro; los restos arqueológicos nos hacen pensar en una paulatina evolución, y solamente las aportaciones tecnológicas y culturales externas provocaron una progresiva diferenciación entre los pueblos mediterráneos, mucho más avanzados, y las culturas del interior.

Los orígenes de la metalurgia del hierro no son claros. Como en el caso del bronce, hubo una elaboración rudimentaria de hierro meteórico, a la que posteriormente siguió la del mineral de hierro propiamente dicho, que debió de aparecer a mediados del II milenio adC en Asia Anterior, aunque otros estudiosos se decantan más por África. De una manera práctica, el hierro no comenzó a trabajarse hasta el año 1.200 a. C., y durante siglos todavía compartió con el bronce (a veces más estimado) la primacía de material para la fabricación de armas, útiles y adornos.

La metalurgia del hierro tardó mucho tiempo en descubrirse, pues aunque la materia abundaba en muchas zonas, la elevada temperatura a la que se funde (unos 800ºC) determinó que sólo la casualidad hiciera posible el hallazgo. Primeramente se tostaba en fuego de carbón y luego se fundía en un pozo en el que habían colocado capas alternas de carbón vegetal y hierro a las que se prendía fuego avivado mediante fuelles. Se conseguían así lingotes de hierro puro que, tras un nuevo calentamiento, eran golpeados con martillo para separar la escoria y darles la forma deseada. Lamentablemente, este método no podía proporcionar armas ni objetos tan eficaces como los de bronce. Solo una verdadera especialización hizo factible la mejora de la metalurgia del hierro y su predominio sobre los antiguos artículos de bronce.

En la Península es prácticamente imposible precisar la entrada del nuevo metal, principalmente porque durante algunos siglos coexistió con el bronce. Es posible que lo trajesen los fenicios al establecerse en la península hacia el año 1.000 a. C., o bien los griegos, que fundaron su primera colonia en este país, probablemente Rhodes (Rosas, Gerona), en el siglo VIII a. C. Tampoco hay que olvidar que a partir del 900 a. C. comenzaron las oleadas célticas en la península, cuyo metal ya conocían, además de ir armados con espadas, lanzas, escudos y cascos del mismo.

Pueblos prerromanos

Idiomas en la Peninsula Ibérica circa 200 aC [1].

Aunque al menos desde época neolítica ya existían unos elementos básicos de la población peninsular, la falta de referencias a aquellos periodos imposibilita darles nombres. Hay que aclarar que, aunque algunas culturas conocían la escritura, estas aún se consideran parte de la Prehistoria de España.

Tartessos

Artículo principal: Tartessos

Tartessos es la cultura más antigua del primer milenio adC. Sus límites geográficos se situaban entre el sur de Portugal y la desembocadura del Río Segura. Parece que tenía dos centros de irradiación política y cultural diferentes, uno al Oeste situado en el valle del Guadalquivir, y otro al este, en la ciudad de Mastia Tarseion, presumiblemente Cartagena.

Lo poco que se conoce con certeza es debido a las fuentes griegas y romanas, así como algunos hallazgos arqueológicos que no guardan apenas relación con los testimonios escritos. Alcanzaron cierta importancia, en un principio a través de una economía ganadera y agraria y más adelante mediante la explotación de las minas de la región. El auge de esta cultura tuvo lugar entre los siglos IX y VII a. C., coincidiendo con la etapa en que los fenicios se asentaron en factorías costeras para la adquisición de metales a cambio de productos elaborados que eran adquiridos por la élite tartésica.

Estos intercambios contribuyeron al desarrollo de la sociedad autóctona. Modificaron los ritos funerarios tartésicos y, probablemente, acentuaron la estratificación social. Hay pruebas que indican que la aristocracia tartésica explotó a la población que trabajaba en las minas y en los campos en su propio beneficio.

A partir del siglo VI a. C., Tartessos entra en una etapa de decadencia. El motivo más plausible, aunque aún muy controvertido, es el agotamiento de las vetas de mineral aprovechables, que habría acabado con el comercio colonial fenicio y habría llevado a las culturas nativas de nuevo a una economía exclusivamente agrícola y ganadera.

Iberos

La Dama de Elche (Museo Arqueológico Nacional de Madrid). Es la obra más representativa del arte ibérico. Era una urna funeraria con una cavidad posterior para depositar las cenizas.
Artículo principal: Íberos

Los iberos se extendieron por toda el área levantina, desde los Pirineos hasta Gades (Cádiz), aunque su zona de influencia abarcaba una importante franja interior, desde el valle del Ebro hasta el valle del Guadalquivir. Fue una cultura homogénea, con influencias de los griegos y cartagineses. Sus rasgos básicos, sin embargo, proceden de una evolución autóctona de los pueblos del Bronce: poblados fortificados de tamaño variable, desde ciudades a aldeas, a menudo en colinas y elevaciones de terreno, vivían de una economía agrícola y ganadera, aunque también del comercio con productos artesanales y minerales que intercambiaban con los comerciantes extranjeros.

Entre los siglos V y III a. C., los distintos pueblos iberos adquirieron grados de desarrollo social y político diversos. La mayor parte estaban dirigidos por una aristocracia que controlaba la producción del campesinado e imponía su dominio mediante la fuerza militar: los ajuares funerarios, cargados de armas (la famosa falcata ibérica) y de imágenes que enardecían los valores guerreros, así nos lo demuestran. En ciertos pueblos hubo líderes, quizá cercanos a la figura de un rey. La conquista de cartagineses y romanos impidió su desarrollo y sometió a todos ellos al dominio externo.

En el ámbito cultural, eran pueblos avanzados, con una lengua propia aún sin descifrar, ritos religiosos y funerarios característicos y, en determinadas ciudades, un cierto desarrollo de la planificación urbana. De las muestras artísticas que se conservan, destacan una serie de esculturas, entre las que destacan la Dama de Elche, la de Baza, la del Cerro de los Santos o la llamada Bicha de Balazote.

Celtíberos

Artículo principal: Celtíberos
Castro celta en Galicia.

Los celtíberos son, en realidad, un conjunto de pueblos que habitaban ambas mesetas cuando se produjo la conquista romana. Sus orígenes son inciertos, con restos arqueológicos muy dispares y en ocasiones confusos. Eran pueblos con una economía agraria, más bien pobre, que se agrupaban en confederaciones de tipo tribal y con grupos aristocráticos. Se establecían en poblados pequeños pero muy bien fortificados, poseían una metalurgia del hierro avanzada y una artesanía textil muy apreciada por los antiguos romanos.

A pesar de la apariencia defensiva que presentaban sus asentamientos (por ejemplo, los castros gallegos), no hay ninguna prueba concluyente que apoye la idea de que hayan sido pueblos organizadamente beligerantes. Desde los lusitanos, en el centro del actual Portugal, a los vascones, en Navarra, pasando por los galaicos, astures y cántabros, que personifican la influencia del mundo atlántico del Hierro en la Península.

Pueblos colonizadores

Las colonizaciones en la Península Ibérica se limitaron, fundamentalmente, a pequeños asentamientos muy escasos y breves. Los pueblos que llevaron a cabo la empresa, fenicios, griegos y cartagineses, dieron mayor importancia a comerciar y asegurarse el control de las riquezas mineras para sus metrópolis, que de asentarse de una forma estable en el territorio peninsular.

Fenicios

Artículo principal: Fenicios

La aparición de las culturas del occidente peninsular coincide hacia el siglo XII a. C. con la expansión fenicia por todo el Mediterráneo. La presencia fenicia está limitada a la costa de Andalucía y a una limitada zona de influencia interior y estuvo asociada al pueblo de Tartessos. A los fenicios se les atribuye la fundación de Gádir (actual Cádiz), en una fecha un tanto controvertida que las fuentes griegas y romanas remontan hacia el año 1100 a. C. Dicha ciudad habría sido la principal fuente del comercio fenicio con Tartessos.

Aunque hay objetos más antiguos, sólo se han encontrado asentamientos fenicios a partir del siglo VIII a. C. en las costas de Málaga y Granada. Eran factorías comerciales que se empleaban para traficar con los centros de producción de metales del interior de la Península, aunque también es probable que también hayan mantenido una economía agraria autosuficiente. Probablemente fueron ellos quienes introdujeron la metalurgia del hierro, bastante compleja, y el torno de alfarero.

Griegos

Artículo principal: Iberia

Respecto a los griegos, se han encontrado bastantes objetos, principalmente vasijas cerámicas, en el territorio de Tartessos, pero sólo a partir del siglo VI a. C. son lo suficientemente abundantes como para pensar que fueron los propios griegos quienes los introdujeron, fundamentalmente a través del puerto de Huelva. Es posible que reemplazasen a los fenicios en esa tarea, aprovechándose de su creciente decadencia.

Basílica paleocristiana en Ampurias

Se citan numerosas colonias griegas en los textos, pero de la mayoría de ellas no se conserva resto alguno. Es probable que se tratasen de enclaves iberos o fenicios utilizados por los navegantes griegos para pernoctar, aprovisionarse y comerciar con los pueblos indígenas del interior, y a los que acabaron por dar sus propios nombres griegos. Los arqueólogos sitúan la mayor parte de los enclaves en la costa de Alicante. El único asentamiento seguro es el de Emporion (Ampurias), en la costa de Gerona, fundada por los colonos procedentes de la ciudad griega de Massalia (actual Marsella) hacia el año 600 a. C. Muy pronto se convirtió en una colonia rica y próspera, que realizaba intercambios con el interior: los griegos proporcionaban cerámicas, vino y aceite a cambio de sal, esparto y telas de lino. Entre los siglos V y IV a. C. la colonia aumentó de tamaño, se amuralló y se dotó de una zona sagrada. Su convivencia con los iberos fue, hasta la época romana, bastante pacífica.

La influencia del pueblo griego sobre las tribus iberas con las que comerciaba es evidente, dados las muestras en el arte, la lengua y los signos culturales que los iberos suministran. Su situación de entendimiento entre ambos pueblos y el reino de Tartessos favoreció una época dorada en la que se produjo un proceso que se ha llamado de "mediterranización" de las culturas indígenas peninsulares.

Artículo relacionado: Grecia Antigua

Cartagineses

Artículo principal: Cartago en España

La época de mayor presencia púnica en la Península Ibérica transcurre durante los siglos IX y III a. C. El pueblo cartaginés sustituyó a los comerciantes fenicios y se instalaron en las factorías comerciales costeras mediterráneas desde las que controlaban los productos del interior, principalmente las minas de Cástulo (Linares), mientras que dejaban su influencia sobre las culturas ibéricas. Existen abundantes cerámicas, objetos funerarios y restos de la influencia cultural cartaginesa, como el culto a la diosa Tanit y a otras divinidades púnicas en los antiguos asentamientos fenicios, sobre todo en Baria (Almería) y en Gades.

Según las fuentes clásicas, el general cartaginés Asdrúbal el Bello en el año 227 a. C. fundó la ciudad de Qart Hadasht, actual Cartagena, posiblemente sobre un anterior asentamiento tartésico denominado (Mastia Tarseion. Cartagena fue amurallada y reurbanizada y se convirtió en la principal base púnica de la Península Ibérica.

Además cabe destacar la colonia de Ebusus (Ibiza), enclave estratégico para el dominio naval de Cartago en el Mediterráneo occidental.

La influencia cultural que pudo ejercer Cartago en la Península parece escasa. Es posible que interviniesen en los alfabetos tartesio e ibero, y ciertas mejoras en la industria o en el cultivo.

Bibliografía

  • El Mundo Ibérico. Una nueva visión en los albores del año 2000, Manuel Bendala Galán, Revista de Estudios Ibéricos, 2, 1996.
  • Los celtíberos, Alberto Lorrio Alvarado, Madrid, Universidad de Alicante, 1997. ISBN 84-7908-335-2
  • El ocaso de Tartessos. Cartago y los focences en el Mediterráneo occidental, Ildefonso Robledo Casanova, Madrid, 2000.
  • Las fuentes semitas y clásicas referentes a navegaciones fenicias y griegas a Occidente, estudio a cargo de José María Blázquez Martínez.
  • Prehistoria de la Península Ibérica, I. Barandiarán, B. Martí, M.A. del Rincón, J.L. Maya. Barcelona, Ariel, 1998. ISBN 84-344-6597-3.
  • Atapuerca. Nuestros antecesores, VV.AA., Salamanca, Ed. Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, CSIC, 1999.
  • Elefantes, ciervos y ovicaprinos: economía y aprovechamiento del medio en la prehistoria de España y Portugal, A. Moure y P. Arias, Santanter, Universidad de Cantabria, 1992. ISBN 84-8102-001-X.
  • Diccionario de Prehistoria, VV.AA., Madrid, Alianza Editorial, 2002. ISBN 84-206-2888-3
  • La neolitización en España: problemas y líneas de investigación, A.M. Muñoz Amilibia, Scripta Praehistorica Francisco Jordá oblata, 349-370. Universidad de Salamanca, 1984.
  • La especie elegida. La larga marcha de la evolución humana, J.L. Arsuaga, Ed. Temas de Hoy, Madrid, 1998.
  • El poblamiento paleolítico de Europa, C. Gamble, Ed. Crítica, Barcelona, 1990.
  • Las unidades organizativas indígenas del área indoeuropea de Hispania, M.C. González, Instituto de las Ciencias de la Antigüedad, Anejo nº 2 de Veleia, Vitoria, 1986.
  • Nocete Calvo, Francisco. Tercer milenio antes de nuestra era: relaciones y contradicciones centro/periferia en el Valle del Guadalquivir. Barcelona: Edicions Bellaterra S.A. ISBN 84-7290-161-0.

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